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lunes, 21 de junio de 2010

5 ideas rápidas para elegir el nombre de nuestros personajes


Los personajes de las novelas tienen unas costumbres de lo más extrañas.

Un taxista que nunca ha salido de New York de pronto se nos escapa de las manos y se convierte en un empresario cosmopolita que vive y trabaja a bordo de su yate, anclado en la costa de Yacarta.

Una nunca sabe qué giros dará la trama y de qué lado de la historia pueden caer nuestros protagonistas.

Aquel nombre que dos minutos antes calzaba como un guante, ahora nos suena a broma.

También hay autoras que no pueden escribir una palabra si los nombres de los protagonistas no se les revelan antes.

Para ellas, bautizar a un personaje es todo un ritual cabalístico que no puede ser tomado a la ligera.

Además de ser el sonido primordial que dará el carácter y el tono al personaje, un nombre puede convertirse para muchos en lo más parecido a un talismán.

El hecho innegable es que la escritura de una novela suele ser larga y sinuosa. Y es normal que nuestros personajes cambien de nombre como de camisa ante nuestras narices.

Sin embargo, no por eso debemos dejar de buscar el nombre apropiado desde el principio.

Al igual que la elección de un título que vaya con nuestra novela, decidir un nombre apropiado para nuestros héroes puede servirnos como trampolín para tomar impulso y lanzarnos directamente a la escritura.

Aquí vamos:


5 ideas rápidas para elegir los nombres de nuestros personajes
:


1


La herramienta más inmediata es nuestra intuición. Ese sexto sentido que nos dice: "este sí, este no". No tengas miedo de utilizarla.

Es probable que de todos modos nos equivoquemos en esta elección inicial, pero aun así estamos muy lejos de perder nuestro tiempo.

Generalmente las ideas espontáneas, no premeditadas, suelen funcionar como primera estación hacia el nombre adecuado.

Así que, si después de todo resulta no ser el nombre que necesitamos, igualmente nos habrá servido para ponernos en camino.

A no desesperar y a disfrutar del viaje.


2


¿Alguna vez has matado el tiempo hojeando el directorio telefónico de tu ciudad? ¿No es acaso una experiencia desconcertante?

Cuántos nombres que jamás oiremos pronunciar... Cuántos que no se nos habrían pasado por la cabeza ni aun viviendo quinientos años... ¡Y pensar que la mayoría de ellos son nuestros vecinos!

Y lo más curioso de todo: detrás de cada uno de esos nombres y apellidos hay un rostro.

¿Por casualidad no estará por allí el de aquella ex novia de tu protagonista, la pelirroja que aún le persigue y parece estar al tanto de todo lo que él hace? ¿O el del hermano de tu villano, aquel pobre chico que intenta hacerlo recapacitar por todos los medios sin ningún éxito?

Elige una letra y un número y abre el directorio por la página que toque. Combina varios nombres de distintos orígenes para formar uno con la resonancia que buscas.

Pero cuidado, no te pases de excéntrica. En el apartado siguiente te explico el por qué.


3


Los nombres deberían ser lo suficientemente distintos entre sí como para que no se presten a confusión.

Para los personajes recurrentes (principales o secundarios) descarta nombres que comiencen con la misma sílaba.

Puedes utilizar nombres más complejos, pero es conveniente que estos sean minoría.

Una pequeña fórmula: cuando emplees nombres raros, que sean cortos, y cuando emplees nombres comunes, más largos.

Aunque siempre es aconsejable acortar un nombre largo. Puedes hacerlo sustituyéndolo por su apócope o por un apodo en la mayor parte del texto, y utilizar el nombre completo solo en la presentación del personaje y en puntos estratégicos de la historia.

El lector debería ser capaz de memorizar todos los nombres sin problemas una vez pasados los capítulos iniciales.


4


El nombre es el grado cero de la caracterización del personaje. Es la manera más rápida de definir un estatus social o una cultura determinada.

Esto facilita la identificación (positiva o negativa) del lector con ese personaje.

Lo mismo ocurre con las edades. Los nombres están sujetos a las modas, y cada época está asociada a un estilo particular.

De manera que si —por ejemplo— se te ocurriera escribir una historia ambientada en la América del Sur española de fines del siglo XIX, deberías recurrir al santoral como primera fuente de inspiración, pues de allí salían, en ese entonces, la mayoría de los nombres.

A propósito de los nombres de época, un truco que puedes utilizar para destacar a un personaje sobre los demás es el de darle un nombre anacrónico. O sea, un nombre que no pegue con su época.


5


La última idea que quiero anotar aquí es una especie de desafío de escritura.

Plantéate escribir una historia sin nombres.

Una breve historia en la que para referirte a los personajes únicamente los pronombres estén permitidos.

Es un ejercicio que te obligará a observar con más detenimiento la conducta de tu personaje. ¿De qué manera se mueve en su mundo? ¿Cómo se comunica con los demás? ¿Quién es en realidad?

Es notable cómo a veces un nombre funciona como el comodín en un juego de cartas.

Lo sacas a relucir y pareciera estar automáticamente todo dicho. Como si el personaje equivaliera exactamente al nombre que le ha tocado en suerte.

Esto es, obviamente, una ilusión. Y muchas veces, recurriendo a este tipo de comodidades, corremos el riesgo de simplificar demasiado las cosas.

Para completar el experimento, limítate a usar un solo adjetivo por cada oración.

Si te atreves, estás invitada a compartir el resultado.


Recursos:


La autora Sherrilyn Kenyon ha compilado una lista de nombres que colecciona desde su infancia y que utiliza a menudo para sus novelas, en un libro llamado Character Naming Sourcebook.

Hay cientos de guías y directorios de nombres en la web. Aquí dejo una lista muy completa de recursos en inglés: Cyndi's List, y otra en castellano: Diccionario de los nombres

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sábado, 29 de mayo de 2010

Errores frecuentes — Por qué, por que, porqué, porque

Son palabras que usamos diariamente en cualquier conversación y sin mayores inconvenientes. Pero al momento de ponerlas por escrito es muy fácil equivocar su uso. Por qué y por que. Porqué y porque. Suenan y se escriben de forma muy parecida, pero sus significados y funciones son muy distintos entre sí. Si no prestamos atención a estas diferencias, ponemos en riesgo la claridad de nuestros textos. Y ya se sabe, un texto difícil de leer es un texto difícil de publicar. Brevemente, revisemos caso por caso.

Porque

Se usa la conjunción causal porque, sin tilde, para indicar causa o finalidad, según el caso. Ejemplos: Estoy aquí porque me necesitas. (Expresa una causa: estoy aquí a causa de que me necesitas.) Entró de puntillas porque no le oyesen. (Expresa una finalidad: entró para que no le oyesen. Nota que cuando expresa finalidad, el porque es seguido de un subjuntivo: porque no le oyesen.)

Por que

La preposición por y el pronombre relativo que equivalen a las construcciones por el cual, por la cual, por los cuales, por las cuales. Ejemplos: Son muchas las cosas por que me gustas. (Las cosas por las cuales me gustas.) ¿Es ésa la razón por que me odias? (La razón por la cual me odias.)

Por qué

El qué, en este caso, es un pronombre o adjetivo interrogativo. Lleva siempre tilde y debe usarse en preguntas o exclamaciones directas o indirectas. Ejemplos: ¿Por qué estás aquí? ¡Por qué tiene que ser así! (Pregunta y exclamación directas.) Quiere saber por qué estás aquí. Se queja de por qué esto tiene que ser así. (Pregunta y exclamación indirectas o relatadas.)

Porqué

Es un nombre masculino que significa motivo, causa o razón. Siempre lleva tilde. Ejemplos: No me explicaba el porqué de tanta alegría. Cuando descubrí quién era su amante, se deshizo en mil excusas y porqués. Recursos: Diccionario de dudas de la Rae Servicio de Corrección de Estilo Diagnóstico Literario Gratuito

viernes, 23 de abril de 2010

Estilo — ¿Te mareas con el vocabulario?

Escribir es como viajar en barco. Algunas personas se marean al principio y no hay un remedio infalible para todos los casos. 

Es cuestión de respirar hondo y aguantarse las náuseas hasta que el estómago se haga al vaivén. Todo escritor, en algún punto de su aprendizaje, ha sentido la necesidad (o la tentación) de mejorar su prosa de manera instantánea. ¿Y cuál es el procedimiento que suele emplear para lograrlo? 

Saquear el diccionario en busca de palabras altisonantes que causen en el lector la impresión de que se encuentra ante un texto importante. Este procedimiento pocas veces —por no decir nunca— ha dado buenos resultados. Solo es un modo de delatar nuestra inseguridad. No me malinterpretes. Es muy recomendable enriquecer nuestro vocabulario.  

Pero hacerlo de manera compulsiva no va ayudarte a mejorar tu escritura. El valor de cada nueva palabra que incorporemos estará definido por el resto de las palabras que forman el sistema de nuestro vocabulario. Un sistema que requiere de cierto tiempo para ajustar sus piezas. ¿Cómo saber, entonces, si nuestro vocabulario actual es el apropiado para escribir, por ejemplo, una novela? 

Mediante un razonamiento muy simple: Si escribes es porque antes has leído mucho. Si has leído mucho, conocerás muchas palabras. Muchas más de las que posiblemente necesites para escribir tu novela. Y, finalmente, si la historia que deseas contar puede contarse con las palabras que conoces, ¿por qué buscarse una complicación adicional?  

John Gardner, profesor de escritura creativa y maestro de Raymond Carver —el cuentista norteamericano que ha hecho maravillas empleando como única herramienta un puñado de palabras muy sencillas—, ha acuñado la idea de un sueño vívido y continuo para referirse a la ilusión que el novelista crea en el lector. En su ensayo Para ser novelista escribe:

Si el sueño ha de ser vívido, las señales del lenguaje del escritor –las palabras, los ritmos, las metáforas- han de ser nítidas y suficientes; si son vagas, descuidadas, confusas, o si no bastan para hacernos ver con claridad lo que se nos presenta, nuestro sueño será nebuloso, desconcertante, y acabará molestándonos y aburriéndonos. Y para que ese sueño sea continuo, tenemos que poder leerlo con atención y no vernos obligados a releer las palabras impresas porque el lenguaje empleado nos distrae.

Si estás comenzando a escribir y sientes que no te alcanzan las palabras del diccionario para expresar la riqueza de tu mundo narrativo, quizás esta lista te ayude a no acabar enredada en una jungla de significados inciertos.

1. Mantén un tono simple y claro. Para que el lector pueda interesarse por tus personajes y experimentar las emociones que propone tu historia, debe entender antes lo que el texto comunica en un nivel básico.

2. No malgastes palabras “adornando” el texto. Cada palabra debería tener una función definida en tu relato.

3. Como regla general, si tienes que rebuscar una palabra, descártala. Puedes estar segura de que no se ajustará al tono de tu narración.

4. Utilizar palabras familiares no equivale a simplificar tu vocabulario. Por suerte, nuestro idioma tiene la capacidad de abastecernos de miles de palabras sin apartarnos de un terreno común a la mayoría de sus usuarios.

5. Sé concreta. Abusar de términos abstractos o generales puede arruinar tus esfuerzos por mantener el sueño vívido y continuo. Además recuerda que las palabras familiares suelen evocar cientos de imágenes en el lector. Escribir “una casa” puede disparar en el lector un sinfín de imágenes nebulosas o esquemáticas. En cambio, al precisar: “una casa sin puertas ni ventanas” orientamos a nuestro lector hacia una imagen particular y definida.

6. Juega con las frases. Reordena palabras de uso común de diferentes maneras con el objeto de hacer surgir nuevos matices y resonancias.

7. Tu lector podría no tener un diccionario a su alcance. Tenlo en cuenta cuando incluyas términos inusuales. Asegúrate de que su sentido pueda deducirse fácilmente a partir del contexto inmediato.

8. No escojas una palabra antes que otra solo porque te parece más prestigiosa. Los lectores profesionales detectan a los principiantes justamente por la alta proporción de palabras “prestigiosas” empleadas.

9. Concéntrate en la historia y los personajes. La excesiva preocupación por encontrar la palabra ideal, a menudo disimula debilidades y puntos ciegos en el desarrollo de tramas y en la caracterización de protagonistas.

Finalmente, podríamos considerar el décimo punto como un resumen de la lista:

10. Nunca olvides que tu meta como escritora es comunicar emociones.

O, según John Gardner, ayudar a tu lector a entrar en el sueño vívido y continuo que haz creado para él. Un sueño hecho puramente de palabras. Recursos:

Diccionario Panhispánico de Dudas

Servicio de Corrección de Estilo Análisis Literario Gratuito